Críticas

“V-Wars”: A golpe de colmillos.

El pasado 5 de diciembre se estrenó en Netflix, ahí, a cholón, los diez episodios que conforman la primera temporada de V-Wars. Nueva serie vampírica que viene de la mano de los guionistas William Laurin y Gleen Davis; cuyas filmografías conjuntas ya dejaron ver un ligero flirteo hacia el género con Dracula: The Series (1990 – 1991). Su renovado acercamiento a la figura vampiresca consigue evidenciar la pérdida de ese carácter romántico, cuyos últimos destellos habremos visto en películas como Byzantium (2012) u Only Lovers Left Alive (2013), por mencionar algunos ejemplos.

Ian Somerhalder y Adrian Holmes, respectivamente.

No hay que medirse con Dios, decía Lenore, mujer cuyo nombre daba título al poema escrito por el alemán Gottfried August Bürger en el año 1773. Aun sin conjurar explícitamente al vampiro, la obra sirvió para establecer los primeros compases que definirían al galano chupasangre. Potenciando algunos rasgos como su elocuencia, a través de la sensualidad, el enfoque contemporáneo destila no pocas dosis de brutalidad, con matanzas slasherianas y una querencia hacia el público más teenager. Precisamente, la transformación del personaje viene dada, en primer lugar, de la literatura, viéndose reflejada en adaptaciones cinematográficas como Twilight o en las televisivas True Blood y Vampire Diaries. Ambas series compartieron el afán por establecerse en el panorama audiovisual como telenovelas sombrías sustentadas por sus triángulos amorosos. No obstante, Alan Ball, supo diferenciarse de sus competidores al utilizar toda una galería de personajes sobrenaturales para exponer la problemática social, racial o sexual, que azotaba a la sociedad norteamericana del momento.

Partiendo de intenciones similares, V-Wars comete el error de ignorar la advertencia de Lenore, empleando la ciencia como arma arrojadiza. Ciencia que, desde el primer minuto, se antoja impostada. Pues el deshielo provocado por el cambio climático libera un virus que genera mutaciones en ciertos sectores de la población: los convierte en vampiros. Rancio McGuffin de la serie B que enfrenta a dos amigos de la infancia. Al Dr. Luther Swann (Ian Somerhalder) en la eterna búsqueda de una cura y del diálogo entre ambas especies, y a Michael Fayne (Adrian Holmes) paciente cero y asesino reconvertido en el líder de la resistencia vampírica.

Tráiler oficial de V – Wars

No hace mucho leí una frase de la científica Marie Curie, donde creo que reside el concepto básico de la serie. Venía a decir que nada en la vida es para ser temido, es sólo para ser comprendido. Ahora es el momento de entender más, de modo que podamos temer menos. Cualquiera de nosotros sería capaz de imaginar al Dr. Swann haciendo de este lema su bandera. Porque él es consciente de que el miedo, causado por la ignorancia, es la principal razón que divide a humanos y a vampiros (o bloods, como se autodenominan) por igual, en diferentes y peligrosas facciones. Sin embargo, para revertir la situación, un elemento indispensable en la ecuación es el tiempo. Algo que los showrunners no les proporcionarán ni al Dr. Swann ni a los espectadores. V-Wars tiene prisa. Y mucha. Tanta que enseguida atropella a su contenido. Subtramas con cierres apresurados (los curiosos por el Sons of Anarchy de turno sabrán de lo que hablo), personajes que adquieren y pierden relevancia espontáneamente (el rol de Mila Dubov, en relación con el conjunto, está desaprovechado) y emociones que piden una pausa, por breve que sea, para ser asimiladas (como la separación entre Swann y Fayne). Desde el minuto uno, el ritmo endiablado dificulta hasta la comprensión de ubicar cada suceso temporalmente, sin que lleguemos a entender del todo cuánto ha transcurrido entre uno y otro.

El fandom ya aborda los fotomontajes.

Los pecados de V-Wars van en paralelo a los de Somerhalder. Es decir, el compromiso del actor con la serie es absoluto. Asume los papeles de productor ejecutivo y de director del noveno episodio (mandato que ya puso en práctica durante su periplo con Vampire Diaries). Busca iniciar una nueva etapa sin el confort que le proporcionaba Damon Salvatore. Y se entrega al cometido de extrapolar a la serie las distintas realidades del mundo, con tal esmero, que pronto olvida la clase de producto que está elaborando. V-Wars quiere ser más de lo que es. Un entretenido guilty pleasure conformado por un bello elenco, interpretaciones de manual y unos villanos que parecen secuestrados del peor episodio de Supernatural. Ni siquiera es comprensible la libertad que se tomó Somerhalder para desarrollar, durante más de un año, los paupérrimos VFXs que pululan en las imágenes. Son tantos los achaques de V-Wars que palidece ante The Strain, serie irregular que en comparación parece el Ciudadano Kane de los vampiros.

Digna de un binge-watching, es la única forma de obviar sus deficiencias y de aceptar la delirante secuencia final que casa con la afirmación de que, según Somerhalder, la gente está cansada de los típicos superhéroes de siempre. El público quiere héroes extraordinarios. Y por más que lo miro, y remiro, lo único que separa al Dr. Swann de los superhéroes es la falta de una capa y un traje de licra. Alguien debería de comunicarle que la hipérbole no es algo extraordinario en un personaje. Ni en una serie. Esperemos que le llegue el memorándum antes de la (posible) segunda temporada.

PUNTUACIÓN:

⭐⭐⭐

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